Hace algunos días vi lo que yo llamaría, un éxito rotundo: "La omisión de la familia Coleman". No porque haya colmado un teatro durante cuatro noches consecutivas, no porque entre los espectadores se encontraran un montón de celebridades uruguayas, no porque se hubiera venido abajo por los aplausos cuando finalizó cada una de las funciones. Todo esto sucedió, es verdad. Pero lo que realmente capturó mi atención, además de la maravillosa obra en sí misma, fue que la mitad del público lloraba a moco tendido mientras la otra mitad se cagaba de risa. Simultáneamente. No había nadie en estado neutro.
Para mi gusto, esto sólo puede ser logrado por un alma ingobernable.
Chapeau por Claudio Tolcachir.
sábado, 7 de febrero de 2009
viernes, 30 de enero de 2009
Ensueño
Para fugarnos de la tierra
un libro es el mejor bajel;
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel
Aun el más pobre puede hacerlo,
nada por ello ha de pagar:
el alma en el transporte de su sueño
se nutre sólo de silencio y paz.
Emily Dickinson
un libro es el mejor bajel;
y se viaja mejor en el poema
que en el más brioso y rápido corcel
Aun el más pobre puede hacerlo,
nada por ello ha de pagar:
el alma en el transporte de su sueño
se nutre sólo de silencio y paz.
Emily Dickinson
sábado, 24 de enero de 2009
Accidentes menores sin mayor importancia
Cuento en mi árbol genealógico, con una de las personas más conservadoras, inteligentes, responsables y distraídas que conozco.
Haré referencia por un momento a este último adjetivo.(Y no porque no valga la pena explayarme sobre muchos otros aspectos de esta personalidad; pediatra intensivista jubilado, deportista y ahora recién recibido de licenciado en ciencia política, excelente padre y abuelo... pero sería demasiado largo como para el tiempo del cual dispongo hoy, así que en este caso me limitaré a comentar apenas unos pocos items acerca de su existir en el día a día).
Cuando vivíamos en la calle Rivera (una de las más transitadas de la ciudad por cierto), todavía existían los Trolley buses, aquel tipo de ómnibus que funcionaba a electricidad agarrado desde arriba mediante dos especie de antenas que se deslizaban por unos cables. Un día un conductor de este medio de transporte, hastiado por completo de llevarse puesta y quebrar hacia atrás siempre la misma puerta que se abría del mismo auto estacionado; sumamente frustrado se bajó y en un tono que daba realmente lástima, casi en sollozos suplicantes exclamó a mi papá, quien lo miraba asombrado desde el vehículo ahora ya sin puerta:
- ¡¿Otra vez usted?!
En diferente lugar y ocasión, tras reventar contra un árbol su Peugeot saliendo marcha atrás de la Unidad Coronaria Móvil (centro en el que trabajaba cotidianamente), mi padre explicaba a los atónitos espectadores que "esas ramas ayer no estaban ahí".
(Uno a esta altura ya no se sorprende de situaciones como estas; tampoco sus amistades: si observamos manejando a su íntimo amigo y le preguntamos por qué usa los espejos de los costados plegados contra los vidrios, nos responderá con total naturalidad, que así nadie se los roza o arranca mientras transita).
Otra característica interesante de este peculiar sujeto mi progenitor, es que hay algo que él lleva siempre consigo, y son las llaves de todas las casas de la familia. Entonces uno puede estar haciendo cualquier clase de tarea en su propio domicilio, sin olvidarse que en cualquier momento del día o la noche Pollo podría aparecer, sin golpear o hacer algún tipo de alusión a su llegada. Él entra y listo.
(No cabe aclarar el por qué de este hecho, ya que sería muy difícil para la comprensión de los lectores, como tantas otras cosas que suceden en esta familia tan particular).
Por eso no sería extraño que uno llegara a su hogar y lo encontrara desayunando en el living. Le agrada más estar cuando hay gente, pero si no la hay no le significa traba alguna. Y no sé si será porque estamos acostumbrados, o por lo mucho que nos agrada su compañía, pero a todos nos gusta de algún modo su actitud y no argumentamos jamás en su contra. Por lo tanto también nos hemos habituado a sus innumerables salidas y entradas cuando decide irse, porque siempre olvida algo (véase radio del auto, lentes, llaves, celular, etc); lo cual, generalmente, luego de subir y bajar varias veces desde al apartamento al auto sin efecto, declara que extravió. (Para luego llamarnos por teléfono y avisarnos que lo había dejado en otra casa).
También los porteros se han familiarizado con ciertas rutinas, y han aprendido a por ejemplo no alarmarse si los vecinos informan que hay olor a quemado saliendo de tal apartamento y luego, que sale humo por abajo de la rendija de la puerta y es negro. Ellos primero se cercioran a ver si el doctor está de visita; entonces enseguida atribuyen el hecho a que haya puesto un pan mignón a entibiarse en el microondas durante 30 minutos en lugar de segundos, o algún suceso similar. De esta manera evitan ya el estrés de llamar a los bomberos o empezar a evacuar a toda la gente del edificio.
Hay que ver que los electrodomésticos en general, son los que menos están conformes con su presencia; eso es verdad. Por ejemplo la sandwichera tampoco puede comprender el motivo por el cual su cable está casi pelado en tantos lugares, ya que éste no debería quedar dentro de la parte en la que van los panes cuando uno la prende. Pero es algo que papá no nota, tanto mientras sucede, como cuando ya se ha derretido.
Y como nosotros somos una familia muy humana, jamás permitiremos que un par de artefactos eléctricos o a nafta, nos opaquen las estadías de semejante ser en nuestros hogares.
Haré referencia por un momento a este último adjetivo.(Y no porque no valga la pena explayarme sobre muchos otros aspectos de esta personalidad; pediatra intensivista jubilado, deportista y ahora recién recibido de licenciado en ciencia política, excelente padre y abuelo... pero sería demasiado largo como para el tiempo del cual dispongo hoy, así que en este caso me limitaré a comentar apenas unos pocos items acerca de su existir en el día a día).
Cuando vivíamos en la calle Rivera (una de las más transitadas de la ciudad por cierto), todavía existían los Trolley buses, aquel tipo de ómnibus que funcionaba a electricidad agarrado desde arriba mediante dos especie de antenas que se deslizaban por unos cables. Un día un conductor de este medio de transporte, hastiado por completo de llevarse puesta y quebrar hacia atrás siempre la misma puerta que se abría del mismo auto estacionado; sumamente frustrado se bajó y en un tono que daba realmente lástima, casi en sollozos suplicantes exclamó a mi papá, quien lo miraba asombrado desde el vehículo ahora ya sin puerta:
- ¡¿Otra vez usted?!
En diferente lugar y ocasión, tras reventar contra un árbol su Peugeot saliendo marcha atrás de la Unidad Coronaria Móvil (centro en el que trabajaba cotidianamente), mi padre explicaba a los atónitos espectadores que "esas ramas ayer no estaban ahí".
(Uno a esta altura ya no se sorprende de situaciones como estas; tampoco sus amistades: si observamos manejando a su íntimo amigo y le preguntamos por qué usa los espejos de los costados plegados contra los vidrios, nos responderá con total naturalidad, que así nadie se los roza o arranca mientras transita).
Otra característica interesante de este peculiar sujeto mi progenitor, es que hay algo que él lleva siempre consigo, y son las llaves de todas las casas de la familia. Entonces uno puede estar haciendo cualquier clase de tarea en su propio domicilio, sin olvidarse que en cualquier momento del día o la noche Pollo podría aparecer, sin golpear o hacer algún tipo de alusión a su llegada. Él entra y listo.
(No cabe aclarar el por qué de este hecho, ya que sería muy difícil para la comprensión de los lectores, como tantas otras cosas que suceden en esta familia tan particular).
Por eso no sería extraño que uno llegara a su hogar y lo encontrara desayunando en el living. Le agrada más estar cuando hay gente, pero si no la hay no le significa traba alguna. Y no sé si será porque estamos acostumbrados, o por lo mucho que nos agrada su compañía, pero a todos nos gusta de algún modo su actitud y no argumentamos jamás en su contra. Por lo tanto también nos hemos habituado a sus innumerables salidas y entradas cuando decide irse, porque siempre olvida algo (véase radio del auto, lentes, llaves, celular, etc); lo cual, generalmente, luego de subir y bajar varias veces desde al apartamento al auto sin efecto, declara que extravió. (Para luego llamarnos por teléfono y avisarnos que lo había dejado en otra casa).
También los porteros se han familiarizado con ciertas rutinas, y han aprendido a por ejemplo no alarmarse si los vecinos informan que hay olor a quemado saliendo de tal apartamento y luego, que sale humo por abajo de la rendija de la puerta y es negro. Ellos primero se cercioran a ver si el doctor está de visita; entonces enseguida atribuyen el hecho a que haya puesto un pan mignón a entibiarse en el microondas durante 30 minutos en lugar de segundos, o algún suceso similar. De esta manera evitan ya el estrés de llamar a los bomberos o empezar a evacuar a toda la gente del edificio.
Hay que ver que los electrodomésticos en general, son los que menos están conformes con su presencia; eso es verdad. Por ejemplo la sandwichera tampoco puede comprender el motivo por el cual su cable está casi pelado en tantos lugares, ya que éste no debería quedar dentro de la parte en la que van los panes cuando uno la prende. Pero es algo que papá no nota, tanto mientras sucede, como cuando ya se ha derretido.
Y como nosotros somos una familia muy humana, jamás permitiremos que un par de artefactos eléctricos o a nafta, nos opaquen las estadías de semejante ser en nuestros hogares.
sábado, 10 de enero de 2009
El ocaso de un idilio
"Todo concluye al fin, todo tiene un final..."
Qué razón tenía este del disco de tango feroz.
Hace exactamente tres días, he dejado de ser lo máximo existente en el mundo para mi hija. Desde que llegó "Chirimbolo E.T. Elissalde" soy más o menos como una pared o una mesa. Ese es el lugar que ahora ocupo en su vida. Mis progenitores habíanme advertido, poniendo un grito en el cielo al enterarse, que agregar un perro a mi familia me arruinaría la vida cotidiana, porque lloraría día y noche cual un bebé, destruiría mi apartamento mordiendo y ensuciando todo, etc. (Nada de eso sucedió, el cachorro parece ser mudo, se pasa durmiendo en una casita que le regalamos, aprendió cual era su baño en el mismo día que llegó y ya lo he dejado sólo en varias ocasiones para notar que nada había cambiado cuando retornaba a mi casa.) Pero nadie osó avisarme que mi hija me eliminaría de su círculo de pensamientos. No me dirije la palabra, no responde a mis preguntas ni ella me las formula a mí. ¡Cuando hace sólo 72 horas atrás batía un record de alrededor de 200 interrogaciones diarias que me hacía!
De mañana ya no me despierta una bolsa de mimos trepada en mi cama, sino que amanezco y la encuentro en el living tirada en el sofá abrazada al can mirando los dibujitos; o en el mejor de los casos escucho desde mi cuarto una vocecita que dice "perrito, vení a saludarme que ya abrí los ojitos..."
Las dos actividades de su nueva computadora que nos faltaban por resolver, ya no le importan; hoy la vi agarrándole la pata al cachorro para pulsar las teclas, y éste moviendo la cola como loco cada vez que aparecía una canción.
Ayer decidí llevarla conmigo a cobrar mi sueldo, al centro, en ómnibus (cosa que nunca hago porque es un viaje largo, el trámite es aburrido y lento), para poder charlar con ella sobre alguna cosa, lo que fuera...; pero apenas nos subimos empezó a contarle a todos los que nos rodeaban, que los reyes le habían dejado un cachorrito blanco, bebé, divino, que se porta muy bien, etc. etc. etc. Y durante todo el trámite estuvo preocupada sobre cómo se encontraría Chiri, que qué estaría haciendo, cuánto la estaría extrañando...
Algo similar me pasa con el barrio. Cada vez que voy a salir de mi edificio el portero me pregunta indefectiblemente por el "Chiri", que si hoy no lo llevo a pasear a ningún lado, que si toleró la inserción de las pastillas en su alimentación, que si durmió bien... Lo mismo ocurre cuando me cruzo a los dueños de la verdulería, carnicería, almacén, farmacia o vecinos. En fin.
Qué razón tenía este del disco de tango feroz.
Hace exactamente tres días, he dejado de ser lo máximo existente en el mundo para mi hija. Desde que llegó "Chirimbolo E.T. Elissalde" soy más o menos como una pared o una mesa. Ese es el lugar que ahora ocupo en su vida. Mis progenitores habíanme advertido, poniendo un grito en el cielo al enterarse, que agregar un perro a mi familia me arruinaría la vida cotidiana, porque lloraría día y noche cual un bebé, destruiría mi apartamento mordiendo y ensuciando todo, etc. (Nada de eso sucedió, el cachorro parece ser mudo, se pasa durmiendo en una casita que le regalamos, aprendió cual era su baño en el mismo día que llegó y ya lo he dejado sólo en varias ocasiones para notar que nada había cambiado cuando retornaba a mi casa.) Pero nadie osó avisarme que mi hija me eliminaría de su círculo de pensamientos. No me dirije la palabra, no responde a mis preguntas ni ella me las formula a mí. ¡Cuando hace sólo 72 horas atrás batía un record de alrededor de 200 interrogaciones diarias que me hacía!
De mañana ya no me despierta una bolsa de mimos trepada en mi cama, sino que amanezco y la encuentro en el living tirada en el sofá abrazada al can mirando los dibujitos; o en el mejor de los casos escucho desde mi cuarto una vocecita que dice "perrito, vení a saludarme que ya abrí los ojitos..."
Las dos actividades de su nueva computadora que nos faltaban por resolver, ya no le importan; hoy la vi agarrándole la pata al cachorro para pulsar las teclas, y éste moviendo la cola como loco cada vez que aparecía una canción.
Ayer decidí llevarla conmigo a cobrar mi sueldo, al centro, en ómnibus (cosa que nunca hago porque es un viaje largo, el trámite es aburrido y lento), para poder charlar con ella sobre alguna cosa, lo que fuera...; pero apenas nos subimos empezó a contarle a todos los que nos rodeaban, que los reyes le habían dejado un cachorrito blanco, bebé, divino, que se porta muy bien, etc. etc. etc. Y durante todo el trámite estuvo preocupada sobre cómo se encontraría Chiri, que qué estaría haciendo, cuánto la estaría extrañando...
Algo similar me pasa con el barrio. Cada vez que voy a salir de mi edificio el portero me pregunta indefectiblemente por el "Chiri", que si hoy no lo llevo a pasear a ningún lado, que si toleró la inserción de las pastillas en su alimentación, que si durmió bien... Lo mismo ocurre cuando me cruzo a los dueños de la verdulería, carnicería, almacén, farmacia o vecinos. En fin.
lunes, 5 de enero de 2009
Bajo presión
- ¡No es mi problema! - vociferó Jaurita sin poder parar de rascarse todas las partes del cuerpo contra la pared. Rotaba y pasaba enérgicamente de la espalda a los antebrazos refregando también sus nalgas, rodillas y pechos.
Esta no hubiese sido nunca jamás la respuesta esperada por quienes se encontraban en el lugar, como ser el párroco y los miembros del comité. Todos ansiaban hacía días la opinión de la anciana monja abnegada, tan devota y avocada siempre a las causas del vecindario, y más aún tratándose de las personas en situación de calle, lo que por supuesto incluye a los niños huérfanos y desamparados.
El hecho se presentaba como una completa alucinación para los allí presentes, desde el veredicto de Jaurita respecto a la consulta que se le hacía sobre si alquilar tal o cual lugar para el comedor infantil que sería innaugurado próximamente en la zona cercana a la parroquia, hasta su tan extraño comportamiento corporal, pues no cesaba de frotarse ávidamente de una lado y del otro, y hasta por momentos saltaba en medio giro y se restregaba de arriba hacia abajo, poniéndose en cuclillas y emitiendo pequeños casi imperceptibles aunque no del todo inaudibles gemiditos de placer, cada vez que lograba erradicar aunque más no fuera durante un par de segundos aquella maldita comezón, de alguna zona de su piel.
Esta no hubiese sido nunca jamás la respuesta esperada por quienes se encontraban en el lugar, como ser el párroco y los miembros del comité. Todos ansiaban hacía días la opinión de la anciana monja abnegada, tan devota y avocada siempre a las causas del vecindario, y más aún tratándose de las personas en situación de calle, lo que por supuesto incluye a los niños huérfanos y desamparados.
El hecho se presentaba como una completa alucinación para los allí presentes, desde el veredicto de Jaurita respecto a la consulta que se le hacía sobre si alquilar tal o cual lugar para el comedor infantil que sería innaugurado próximamente en la zona cercana a la parroquia, hasta su tan extraño comportamiento corporal, pues no cesaba de frotarse ávidamente de una lado y del otro, y hasta por momentos saltaba en medio giro y se restregaba de arriba hacia abajo, poniéndose en cuclillas y emitiendo pequeños casi imperceptibles aunque no del todo inaudibles gemiditos de placer, cada vez que lograba erradicar aunque más no fuera durante un par de segundos aquella maldita comezón, de alguna zona de su piel.
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