jueves, 16 de agosto de 2012

EL SASTRE

(El actor va de traje. Sale de una puerta, con un mannequin, se para frente al pùblico.)

Hay cosas que no se deciden. Vienen al mundo con nosotros. Corren por nuestras venas.
 Se maman desde el vientre materno, se van impregnando poro a poro cuando por primera vez nos tiembla el torso al llorar, y continúan perfeccionándose cada día de nuestra vida.
Otro hubiese sido el destino, el arte, de quien nace casi colgado de un trapecio, o es expulsado al mundo en el cuarto contiguo a un salón colmado de lienzos en blanco y olor a agua ras.

Me escondía todas las mañanas de lunes a domingo atrás de la cortina bordeaux y a propósito y demoraba en salir cuando papá decía “¡Centímetro!”. No quería aparecer enseguida para poder disfrutarlo un poco más. Capturar esos instantes de complicidad y confianza entre quien explica lo que quiere, la transformación con la que sueña, y las sonrisas de quien imagina la magia que podrá aplicar sobre ese cuerpo aún a medio vestir. Porque ese momento sagrado acepta sólo a esos dos. El que habla, y el que escucha. El que desea, el que expresa, y el que recibe ese código de imágenes y lo comienza a soñar con la mirada, el alma, con sus jugos. Cada palabra se vuelve tejido, cada movimiento corre a tomar vuelo hacia el mundo de los sentidos. El roce que tendrá cada milésima de hilo. La caída. Los pliegues. Pasarán de ser nada, simples pensamientos, para convertirse en los más íntimos testigos de cada ìnfima acción de quien los lleve puestos. Y cuando otro aparece, súbitamente ataca la realidad. Siete de sisa, cuarenta de largo, cuello veintitrés ¡Letra más clara!
Nunca comprendí por qué papá dejaba invadir su privacidad.

Cuando empecé no llegaba a pasar el muslo del modelo, aunque me parara en la banqueta. En general yo tenía que estar adelante con la libreta y él medía desde atrás. Yo siempre supe que no iba a necesitar ayudantes. Ni siquiera cuando el cliente es demasiado joven, o inquieto. El trabajo siempre queda mejor cuando el proceso es a solas. Las palabras surgen de estos labios, las anotaciones son mías, el que mide soy yo. Las pruebas son más reconfortantes para todos si nadie las presencia. Todos los detalles me pertenecen. Nosotros somos los protagonistas. Las estrellas del juego, los árbitros de todo el proceso: el que viene en busca de mi ayuda, y lo que sólo yo, puedo brindarle. Nuestro único testigo es el espejo, que termina siempre ardiendo en gritos y aplausos, reflejando secretamente el triunfo final.