sábado 5 de junio de 2010

La piñata

Estaba allí paradita, esperando.
Miraba fijo, con sus manitos preparadas y en posición de ataque, para ser la primera, para juntar todo, todo lo que cayera apenas se rompiera el paquete.
Se tiró al suelo como un resorte, como un autómata, e hizo un hueco entre sus brazos, y atrajo hacia sí una cantidad enorme.
Le temblaban las piernas y fue levantándose despacito, abrazando su tesoro, tratando de acomodarlo en un papel grande, disfrutando cada instante de ese arduo trabajo.
Aunque de repente…
De repente vio como se formaba un río de caramelos que se deslizaban de entre sus deditos.
Había juntado tantos…
Sin que supiera cómo se agolparon varios niños que peleaban por agarrar los que iban cayendo al piso.
Sus ojitos se llenaron de lágrimas.
Verdaderamente no entendía las razones para tamaña injusticia.
Había tenido tantos, de todos colores y ahora sólo unos poquitos, 2 o 3, que observaba con asombro, engarzados a sus dedos abiertos, depositarios de esa mirada ora triste, ora asombrada, y tan desconcertada.
Al mirarla, pensé con tristeza que nunca me gustaron las piñatas. Son siempre poco democráticas y básicamente portadoras de moralejas impropias para niños chiquitos.



Patricia Freire
20 de mayo de 2010