Para mi hermano Daniel
Mi padre es un coleccionista empedernido.
Colecciona las cosas más inútiles, como ceniceros, copitas, sobres, lápices, cajas de whisky vacías, papeles de regalo, en fin, cientos de ítems que sería larguísimo detallar aquí, y que a criterio de muchos no sirven para nada.
Lo más destacado de estas colecciones es una de moñitos de regalo, cintitas de colores y todo otro aditamento que reciba adornando un obsequio.
Esto tiene, además, una lindísima particularidad. Las pega meticulosamente en la parte de atrás de la puerta de una de sus bibliotecas, una y siempre la misma.
En nuestra casa de infancia, en la que yo viví veinte años y el 40 (se mudó hace 13), tenía una extensísima colección, unas pegaditas sobre las otras, con su correspondiente cinta adhesiva (siempre había un rollito de cinta y una tijera prolijamente guardadas en uno de los estantes a esos menesteres).
Cada vez que tiene oportunidad de mostrarme su nueva colección, la de su nueva casa, y su nueva biblioteca, me cuenta la misma historia: “Viste, ahora sí que no me desprendo más de ellas. Lo que pasa es que la otra biblioteca estaba empotrada y me dio lástima sacárselas al hombre, además vendí la casa gracias a las moñitas, te acordás? La nena le dijo al papá:- “quiero ésta casa porque tiene todas esas moñitas ahí”-; y el padre claro, no iba a dejar de hacerle el gusto a la nena, y fue y compró la casa.”
Y él está realmente convencido de eso. Lo que vendió fue su colección de moñitas; o mejor: su colección de moñitas fue lo que hizo que una hermosísima casa en Punta Carretas pudiera venderse.
Me recalca: “esta vez, si vendo el apartamento, no me deshago de la colección , porque esta biblioteca me la puedo llevar conmigo….¿no quedan lindisimas? Mirá los colores, ya no me entran más, pero habilito la otra puerta….”
Yo lo miro con ternura; mis hermanos, las empleadas, todos se ríen en silencio, pero yo lo entiendo al viejo: no cualquiera elige ese espacio tan único para poner una exquisita colección de colores brillantes que rememoran casi todos los regalos que recibe. Ese lugar acumula todos los obsequios del mundo, y, además, es secreto. Lo conocemos pocos. No deja de ser un privilegio para mí ser una de ellos.
Patricia Freire Korzeniak
Montevideo, 11 de mayo de 2010
como rascarse la espalda
Hace 5 horas
1 comentarios:
qué cosa, no? esa ternura que pueden despertar los padres cuando uno ya es grande, viéndolos tener actitudes despojadas de la mirada estructurada del adulto.
Me gustó el blog!
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